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lunes, 10 de marzo de 2025

Póngame otra, que paga Jacobo

András, 10 marzo de 2025


Cuando Jacobo llegó a casa, no se podía imaginar lo que le esperaba allí. Había pasado todo el día trabajando, como un día cualquiera, apurado por las obligaciones que le marcaban otros, tenso por lograr lo que se le exigía, sin apenas tiempo, durante las ocho horas que duraba su jornada, para pensar en otra cosa que no fuese aquel horrible puesto que había aceptado porque no había tenido otra opción.


Su cuerpo llevaba tiempo enviándole señales de aviso, primero el riñón, con unos cuantos molestos y dolorosos cólicos, después los músculos de su cuerpo se habían puesto de acuerdo para tensarse en grupo, lo que le provocaba constantes dolores que no le permitían apenas descansar, y ahora, un pitido constante en sus oídos hacía acto de presencia y que la doctora había diagnosticado como una consecuencia directa del tremendo estrés y ansiedad con la que Jacobo sobrevivía cada día.


Fue en ese momento en que la salud le empezó a fallar, cuando pensó que era el momento adecuado para un cambio de aires, para hacer algo que le permitiese llevar una vida más tranquila, sin los agobios de un trabajo que, además, ya no le llenaba y en el que, desde hacía bastantes meses, había dejado de creer.


Estaba dispuesto a dejarlo todo y a vivir de sus ahorros. Cambiar de aires era una decisión que había madurado durante bastante tiempo, y a la que había llegado después de analizar el tipo de vida que llevaba. Una vida austera, sin ningún tipo de lujo, siempre ahorrando para cumplir aquel sueño que, desde hacía tiempo, le rondaba la cabeza.


Aquel había sido su último día de trabajo porque, al día siguiente, se iba a plantar en el despacho de su jefa para despedirse y tomarse un largo tiempo sabático, para vivir por y para él.


Pero Jacobo no contaba con que la vida real puede llegar a ser mucho más enrevesada que el mejor de los guiones de ficción. Y aquella tarde de enero, cuando regresó a casa, se iba a encontrar con una circunstancia que iba a superar cualquier problema que le hubiese podido ocurrir hasta aquel momento.


Tras su ritual diario al regresar del trabajo, ducharse, ponerse ropa más cómoda y calzarse sus confortables zapatillas compradas en el mercadillo de los sábados para estar en casa, Jacobo se preparó un café y se fue al buzón para comprobar el correo diario.


Entre los folletos publicitarios de diversos supermercados, que Jacobo acostumbraba a escudriñar para obtener las mejores ofertas, una carta de la compañía eléctrica y otra de la asociación cultural con la que colaboraba como socio desde hacía algunos años, encontró una que le llamó la atención. Una carta de la Agencia Tributaria. Envió directamente a la basura la publicidad, apartó la factura y la comunicación cultural, y se centró en la notificación de Hacienda.


A Jacobo le extrañó aquella misiva, no tenia ningún pago pendiente, sus obligaciones tributarias estaban al día, y para el nuevo periodo de pago de impuestos faltaban todavía cinco meses. 


- ¡Bah! No debo preocuparme - pensó. Puede que se trata de alguna de esas comunicaciones que avisan de la apertura de la nueva campaña para la declaración de la renta


Pero sabía que aquel pensamiento no era más que una excusa para tratar de tranquilizarse, porque tenía por costumbre pensar siempre en la peor de todas las opciones posibles.


Cuando logró abrir el sobre, rompiéndolo en varios trozos con los dedos porque tratar de hacerlo por la línea troquelada de puntos le fue imposible debido al ansia que le devoraba, sacó tres folios llenos de letra menuda, con algunas partes subrayadas y en negrita. Tras un repaso rápido a aquellas tres hojas, hizo una primera lectura en diagonal.


Bajo el logo de la Agencia Tributaria en el borde superior izquierdo, su nombre y dirección en la parte superior derecha de la primera hoja, una extensa redacción bajo el epígrafe “Hechos”, para pasar al último folio en el que debajo de “Conclusiones” había un texto de unos cinco renglones escrito en cursiva, subrayado y negrita. Estaba claro que aquello era lo primero que debía leer.


Con un ansia desbocada y cada vez más nervioso, logró acertar a leer, de nuevo en diagonal, lo más importante de aquellas cinco líneas. “… por tanto se le sanciona al pago de… por la deuda en la que ha incurrido… al haber comparecido como avalista de… en el proceso…”


En definitiva, una sanción de la Agencia Tributaria por avalar en un préstamo a un amigo del que hacía tiempo que no sabía nada. Pensó entonces en que aquello ya tenía que haber estado liquidado y que podría tratarse de un error. 


Buscó en su libreta de contactos del móvil el número de su amigo. Apresurado, logró realizar la llamada. “El teléfono móvil al que llama no pertenece a ningún abonado”, fue la respuesta que obtuvo apenas se produjo el primer tono de llamada.


- ¿Cómo es posible? - pensó. ¡No puede ser!


Insistió de nuevo, pero la respuesta en off de la compañía telefónica fue la misma. Aquel número no pertenecía a ningún abonado. Pensó entonces que lo mejor sería ir directamente a su casa, localizarlo y hablar con él tranquilamente. Seguro que se trataría de un error y podría aclararlo.


Con la rapidez del rayo se vistió y sacó el coche para ir a la dirección en la que vivía su amigo. La casa estaba ubicada en las afueras del pueblo, en un bonito lugar cerca de la costa, con unas vistas maravillosas a la puesta del sol en la playa de poniente. Al llegar, aparcó el coche en la entrada, pulsó el timbre con insistencia, pero no recibió respuesta. Volvió a intentarlo, pero todo era en vano. En aquella casa no había nadie.


Entonces, vio a un señora que pasaba caminando, le pareció una vecina del lugar, se le acercó y le preguntó si había visto a su amigo. La mujer, poniendo cara de sorpresa, se encogió de hombros en un gesto de incredulidad.


- Verá, yo no me meto en la vida de nadie. Lo que haga cada uno con su vida es cosa de cada uno, ¿sabe?. Que su amigo lleve veintidós días sin aparecer por su casa, que el panadero haya dejado de traerle el bollo de pan integral hace quince días y que los de Correos le hayan dejado en el buzón varios avisos de entregas certificadas, no es mi problema. Como le digo, cada uno con sus vida hace lo que le parece, y no es asunto mío - dijo la mujer, demostrando que, verdaderamente, no sabía nada de aquel hombre.


El ansia empezó a mudar en estrés, y la preocupación creció a marchas forzadas. Un escalofrío recorrió su cuerpo pensando que era el único avalista de un amigo que, no solo era un defraudador, sino que, además, todo apuntaba a que también era un prófugo. 


No se podía creer aquello. Los sudores fríos aparecieron recorriendo todo su cuerpo de arriba abajo, con una sensación de impotencia que le había quebrado la supuesta tranquilidad con la que había terminado el que iba a ser su último día de trabajo. 


Además, no había solución posible. Cualquier incursión en un delito por parte de su amigo, no le libraba a el de su responsabilidad ante el fisco, porque había asumido voluntariamente aquella obligación para ayudar a quien ahora perecía haberle traicionado.


Jacobo se hizo pequeño mientras la puesta de sol se mostraba majestuosa detrás de la casa de su amigo.


- Disculpe, ¿me pone otro de estos? - dijo mientras señalaba con su dedo índice la copa vacía. A trece mil kilómetros de distancia, con un sombrero de paja, enormes gafas de sol y barba poblada, pasaba las horas Roberto, el amigo de Jacobo. 


Lejos de la aldea, lejos de la Agencia Tributaria y lejos de Jacobo. Quizás no era consciente del agujero que le había hecho a su amigo, pero era perfectamente sabedor de que se estaba bebiendo el año sabático de Jacobo. Le faltó decir, “póngame otro de estos, que paga Jacobo”.

viernes, 5 de junio de 2015

El viaje

Pontevedra, 05 Junio de 2015

A pesar de que estaba acostumbrado a viajar, aquella mañana se levantó nervioso y excitado por el viaje. No era la primera vez que emprendía una salida de casa, pero esta vez le costaba más. Se había acostumbrado a estar con ellos y en sólo unos pocos meses había recuperado sentimientos que creía haber perdido. Pero ahora, de nuevo, una salida. Solo eran unos días, pero los nervios le comían el estomago y le hacían saber que nada era igual que antes. Le costaba irse, dejarlos a todos aunque fuera por poco tiempo. Volver a casa le había cambiado la forma de ver las cosas, y ahora, sin haberse ido, ya los echaba de menos.

Se levantó pronto, como era habitual en él, y más sabiendo que tenía que viajar. Había estado por la noche ordenando sus cosas y revisando que no le faltaba nada. La mañana transcurrió rápido, y tras una comida igual de veloz se fue a la estación. Esa era otra experiencia nueva, la de viajar en tren. Los cambios que había experimentado en su vida se expresaban a través del viaje en tren, porque simbolizaba una nueva forma de ver las cosas, un medio silencioso, tranquilo y sosegado, como él quería que fuese todo a partir de ahora. El viaje en tren le permitiría pensar, observar y, sobre todo, reflexionar sobre el motivo de aquel viaje a la capital.

Quería tomarse el viaje para relajarse y aprovechar para pensar sobre el futuro que le esperaba. Sin embargo, cuando apenas se cumplía la primera hora de recorrido, se cruzó con su pasado. Aquella visión se hizo volver atrás porque todo aquello le traía muchos recuerdos no olvidados. Aún no habían pasado a ese lugar del cerebro en el que algunas vivencias se quedan para siempre, porque aunque lo intentaba, lo cierto es que no le resultaba fácil. Habían sido muchos años, muchas experiencias profesionales mezcladas con las personales de cada etapa vivida con una gran intensidad. Aquella visión lo dejó melancólico por algún tiempo, pero no mucho porque de nuevo su familia, como tantas veces, salió al quite con un mensaje telefónico con una foto de sus tres hijos. La vida continúa y hay que sobreponerse, le dijeron con aquella oportuna foto. Papá, estamos aquí. Dicen que todos los cambios son para mejor, y este no iba a ser una excepción.

El viaje en tren era agradable, y el traqueteo del vagón, combinado con el hermoso paisaje lo hacían todavía más confortable. Sin prisas, y aunque con algunas pausas, muy confortable.

A las cuatro horas de viaje decidió ponerse a escribir, dar rienda suelta a su imaginación. Dedicar tiempo inventar frases con el ordenador, esa pasión dormida durante muchos años en su interior y que ahora había vuelto a recuperar. Pensó que el tren le inspiraría. Cuando se dio cuenta el tren entraba en las anchuras castellanas. A punto de entrar el verano, los campos son verdes y forman una combinación perfecta con las tierras rojas. ¿Podía haber algo más hermoso para buscar la inspiración? Kilómetros y kilómetros de cultivos verdes en los que las máquinas de riego sobresalían airosas destacando poderosas y sabedoras de que todo aquel hermoso paisaje dependía de ellas. Las condiciones eran propicias para buscar la inspiración. Encontrarla dependía de él.

martes, 20 de enero de 2015

INSOMNIO


Pontevedra, 20 de Enero de 2015

Aquella noche Víctor no podía dormir. Tenía insomnio y se levantó de madrugada. Su mujer y los niños dormían cuando, para tratar de vencer la somnolencia, comenzó a ver las fotos de las pasadas vacaciones en Mallorca. Tras un primer y rápido vistazo, hizo un segundo pase más detallado y se quedó muy preocupado al ver la expresión de su cara en aquellas fotos. Tensión, ansiedad y enfado. Llevaba muchos años trabajando de forma intensa bajo mucha presión, y veía que todo lo material conseguido, lo estaba perdiendo en estabilidad emocional. Se le estaba modificando el carácter. Su cara era un reflejo de tristeza, incluso de poca salud. Podía ver en las caras de sus propios hijos como demandaban un poco de comprensión, de afecto físico por su parte. Pudo atisbar la cara de circunstancias de su mujer, como entendiendo la situación pero mostrando a la vez una cierta preocupación.

Lo cierto es que aquella revisión de las fotos familiares le habían hecho reflexionar. A pesar de las sonrisas mostradas, todo parecía un poco impuesto. Todos actuaban para no romper la armonía que se supone debe haber en un viaje de vacaciones familiar. Se habían convertido en un reflejo de la compañía en la que trabajaba. Se organizaban actividades, vacaciones en este caso, pero nadie actuaba de forma sincera. Cada uno, por sus propias razones, disimulaba sus verdaderos sentimientos. Se quedó muy preocupado, porque sabia que él era el principal actor de aquella comedia y decidió compartir sus pensamientos con su mujer e hijos y hacerlo a través de una carta sincera en la que se abriría y expresaría todos sus sentimientos. Tomó papel y bolígrafo y escribió:

“Buenos días familia. Quiero deciros que sois lo más importante que tengo en la vida. Seguramente los cuatro somos lo más importante que hay para cada uno de nosotros. Para mi, nada es más gratificante que un abrazo o un beso vuestro. Las palabras de ánimo de mamá, que siempre está cuando la necesito; las caricias tímidas de Julia, mi niña que se está haciendo mayor; o los comentarios inocentes de Jacobo, el pequeño, que nunca sabe cual será mi reacción a sus esporádicas e ingenuas travesuras infantiles. Nada puede superar un buen rato con vosotros. Reconozco que durante muchos años no he sido consciente de ello. He estado obnubilado por el trabajo y soy el único responsable de la situación a la que he llegado. Afortunadamente creo estar a tiempo de recuperar el tiempo perdido y mostrar más y mejor dedicación a vosotros. Quisiera ser más cariñoso, tanto como os merecéis. Por eso quiero pediros perdón por todo lo que haya hecho mal o por todo lo que no haya hecho. Espero que podamos disfrutar mucho tiempo juntos en el futuro. Seguro que podremos realizar nuevos viajes en los que compartir muchas experiencias que recordar cuando nos hagamos mayores. Os quiero.”

Víctor firmó la hoja en la que se había sincerado con su familia y la dejó en la mesa de la cocina para que todos pudiesen verla por la mañana cuando, como cada domingo, fuesen a desayunar juntos. Luego, volvió a meterse en cama. Con una pequeña caricia, su mujer le preguntó si le pasaba algo. Él respondió negativamente y le dijo:

-“Es muy temprano todavía. Duérmete”. Se dio la vuelta y se durmió.

Por la mañana fue el último en levantarse y cuando lo hizo su mujer ya había ido a por el periódico y exprimía unas naranjas. Víctor entró sigilosamente en la cocina, un poco temeroso por la respuesta que podía encontrarse a la carta que la noche anterior había dejado allí. Los niños jugueteaban con unas tostadas. Miró encima de la mesa y ya no estaba. La carta no estaba donde la había dejado. Pensó entonces que posiblemente alguien la había visto y la había cogido. Sin embargo, nadie decía nada. Tras unos instantes preguntó:

-¿Habéis visto unos papeles que dejé sobre la mesa?  

Su mujer le respondió:

-“¿Papeles? Yo fui la primera en entrar y no he visto nada. Creo que tienes un poco de fiebre. Anoche no podías dormir y tiritabas de frío. Tuve que levantarme dos veces para traerte agua. Creo que deberías ir al médico”.


Entonces Víctor cogió una taza de café y se sentó. Mientras veía como toda su familia parecía totalmente ajena a la carta que les había escrito la pasada madrugada pensó: ¿Habrá sido todo un sueño?