András, 22 junio de 2026
Durante mucho tiempo, para Jacobo, la tristeza no fue un estado pasajero, sino el lugar en el que habitaba. No llegó de golpe ni con estruendo, sino que se fue filtrando poco a poco, como la humedad en las paredes, hasta que todo quedó impregnado.
Las mañanas carecían de propósito y las noches se alargaban más de lo necesario, llenas de pensamientos que giraban en círculos sin encontrar salida.
Las cosas que antes habían tenido sentido, los pequeños rituales, las rutinas, incluso los afectos, comenzaron a perder su brillo, como si alguien hubiera bajado la intensidad de su vida sin previo aviso.
Se acostumbró a esa forma de existir. A caminar más lento, a hablar menos, a evitar mirarse demasiado por dentro y por fuera. Se adaptó a sobrevivir. Había aprendido a sostener aquel peso sin preguntarse cuánto tiempo podría seguir haciéndolo y, sin embargo, en medio de esa monotonía gris, algo empezó a moverse, casi imperceptible al principio.
No fue una solución ni una respuesta clara, sino más bien una intuición distinta, una ligera inclinación hacia algo nuevo que aún no tenía forma definida, pero que le supuso un ligero revoloteo en el estómago, acompañado de un cierto alivio mental.
Esa nueva sensación no irrumpió con fuerza; se deslizó con cautela, como si también dudara de que se estaba colando en el lugar adecuado. ¿Merecía Jacobo permitirse sentir una ilusión?
Aparecía en momentos breves: una idea que despertaba curiosidad, una sensación de posibilidad que rompía la rutina, un impulso inesperado por hacer algo diferente… Al principio, parecía frágil, casi insignificante frente al peso acumulado de la tristeza. Pero tenía una cualidad que la hacía distinta y, a la vez, extraña: persistía.
Poco a poco, comenzó a ocupar más espacio. Donde antes había apatía, surgía una leve expectativa. Donde todo era repetición, empezó a aparecer el matiz. La mente, que antes se aferraba al pasado o se perdía en la inercia dando vueltas y vueltas sobre lo mismo, comenzó a proyectarse hacia adelante, aunque fuera de manera tímida.
No se trataba de una transformación inmediata ni de una felicidad desbordante, sino de algo más sutil y, por eso mismo, más real: la recuperación del interés.
Poco a poco, esa ilusión se convirtió en un punto de apoyo. No eliminó la tristeza, pero ésta dejó de dominarlo todo. Jacobo empezó a reconocerse en pequeños gestos: en la forma en que volvía a prestar atención a los detalles, en la energía que regresaba sin hacer ruido, en la capacidad de imaginar un futuro que ya no parecía vacío. La vida no se volvió perfecta, pero dejó de ser plana.
Y así, casi sin darse cuenta, dejó de habitar únicamente en la tristeza. No porque desapareciera por completo, sino porque ya no era lo único que existía. Había algo más, algo que crecía cada día alimentado por esa nueva ilusión que, sin prometer nada grandioso, le devolvía lo esencial: el deseo de seguir adelante.
Y todo gracias a ella… y también a la ilusión.
Qué alegría cuando un conocido emerge de esa tristeza vital!
ResponderEliminar