András, 09 mayo de 2026
Cuando por fin tuvo un momento para reflexionar con tranquilidad, se dio cuenta de que su vida había sido un desastre. No había acertado en nada, que todo lo había hecho mal y que había ido todo el tiempo alejando a cualquiera que tratase de acercarse a el. Esa fue la conclusión terrible a la que llegó el día que tocó fondo. El mismo que se convenció en salir de aquel agujero en el que estaba.
Fue muy duro darse cuenta de que había tirado su vida a la basura, de que lo había tenido todo en sus manos pero lo quemó como quien arde una cerilla. No fue fácil de asimilar que, después de tantos años, su vida había sido un fracaso. Aquella palabra le revoloteaba constantemente por su mente y ya se había hecho un hueco que jamás podría abandonar.
Ahora no tenía familia, no tenía esposa, no tenía hijos, no tenía amigos, no tenía salud, no tenía estabilidad mental... no tenía nada. Se sentía inerte, frío.
Durante muchos años ya sabía que no estaba bien, que su comportamiento no era el de una persona normal, siempre enfadado, siempre tenso, nervioso, ansioso, demasiado perfeccionista para cosas sin importancia. En su cabeza retumbaba constantemente el sentimiento de culpa por todo, y que lo que le ocurría era merecido, porque todo había sido consecuencia de sus propios actos.
Años atrás, había conocido a una mujer con la que había tenido dos hijos maravillosos. Sin embargo, nunca supo responder a todo lo que le ofreció, no supo dar lo que daban por el y lo tiró todo a la basura en un momento de ofuscación, presa de su ansiedad y su impulsividad que tantas malas pasadas le había jugado en su vida. Toda su vida había sido una concatenación de errores consecuencia, la mayoría, de la ansiedad, de hacer las cosas de forma precipitada, del miedo, de no pensar en el antes que en nadie y, sobre todo, por su maldita inseguridad. Ese era su verdadero problema, la inseguridad que marcaba todas y cada una de las decisiones que tomaba.
La inseguridad y la ansiedad eran sus constantes compañeros de viaje. Como dos enemigos que se habían impuesto en sus mente y no le dejaban ser el mismo. Dos enemigos internos que le obligaban a ir tropezando a cada paso sin poder hacer nada para corregirlo. La inseguridad se había apoderado de el para no dejar que tomase decisiones de futuro; y la ansiedad había arruinado toda su vida.
Sin duda, lo peor en la vida, es no tener un rumbo definido e ir dando tumbos. No saber lo que se quiere, no saber hacia dónde se quiere ir. Esa había sido su condena, viajar sin un destino y sin un objetivo claro, siempre mirando de reojo a los demás, nada hecho de frente, con seguridad, con firmeza.
Sin embargo, ahora pensaba que no se trataba únicamente de un error en la visión de la vida, sino que era, en realidad, su forma de ser, su modo de ver la vida y eso, era todavía mucho peor que un error puntual. El era así, y aunque posiblemente podría haber hecho algo para corregirlo, nunca lo hizo, nunca modificó el rumbo que le había llevado a precipitarse por un barranco del que ahora pretendía salir.
Por eso ahora estaba decidido a cambiar, a abandonar los miedos que le tenían peso de su otro yo, el malo, el que se comportaba como un tirano con el. Estaba dispuesto a modificar hábitos, a aceptar los errores y a no repetirlos, a disfrutar de lo que la vida ponía a su disposición y a respirar con tanta fuerza que los pulmones se le llenasen de vida. Pero ya era tarde, ya nunca podría salir de aquel lugar. Estaba condenado a vivir allí porque a los muertos no se les permitía salir del cementerio.
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