András, 30 Agosto de 2024
Hace unos días, leí un estudio que decía que, en la actualidad, una de cada dos parejas se rompe. Por supuesto, los motivos son tan diversos como casos hay y, aunque da igual la razón, lo que verdaderamente importa es la salud emocional de la pareja y de las personas que conforman su círculo más cercano, concretamente, los hijos.
La separación de sentimientos se va gestando durante años, poco a poco, con el paso del tiempo uno se da cuenta que su compañero de viaje está en otro vagón, incluso en otro tren, y de pronto, llega un día en el que te miras al espejo y te dices: “¿Qué estoy haciendo con mi vida?”.
Qué duda cabe que uno siempre trata de mantener a la pareja junta a toda costa, aunque eso suponga vernos sumidos en la tristeza constante. Sin embargo, deberíamos ser conscientes de que la indiferencia del uno con el otro, la falta de alegría o, peor aún, las discusiones, desplantes y falta de atención mutua, no beneficia a nadie.
En las separaciones, habitualmente siempre hay uno que sale ganando frente al otro, esto es así. Ojalá todas las separaciones se hicieran desde la madurez de dos personas que ya no se hacen felices y deciden tomar caminos separados. Pero esto no ocurre así casi nunca.
Son tantos años compartiendo tu vida con una persona, tantas cosas en común que uno no logra comprender qué ha ocurrido. ¿En qué momento se ha roto mi relación? ¿Por qué ya no siento lo mismo?
La realidad es que no hay un punto de inflexión. No hay un antes y un después. No hay otra persona que de repente hace que te desenamores de tu pareja y lo dejes todo. Eso sólo pasa en las películas. Es todo mucho más complejo. Es un lento proceso de mucho tiempo en el que los sentimientos hacia la otra persona se van agotando, se van extinguiendo lentamente.
La decisión es dura, durísima, porque se mezcla el cariño que sientes por tu pareja y el dolor de hacerle daño al mismo tiempo. Temes hacerle sufrir, temes equivocarte… pero al final de todo, si tienes la valentía suficiente, pensarás en ti y dirás: “¡Necesito cambiar algo!”.
En este punto, hay personas a las que el miedo les bloquea y se mantienen quietos, donde están, sin hacer nada más que lo que todo el mundo espera de ellos. Renuncian a su propia felicidad y ahí se quedan. A todos ellos les respeto, es su decisión. Mantienen la relación pero, ¿de verdad piensan que eso es sano? Hay otra serie de personas, que se niegan a aceptar esa nueva realidad, que se resisten a abandonarse a esa indiferencia emocional y deciden dar el salto. Y la mayor parte de las veces, no se equivocan.
Lo inteligente en una separación es que no haya bandos, que nadie haga prisioneros. Además, cuando hay hijos, la familia debe seguir existiendo aunque los padres vivan separados. Por desgracia, no es así. En momentos de crisis importante en la vida, no vale lo que los demás nos digan, ni siquiera lo que uno mismo se diga, sólo vale lo que se siente.
Publicado en PontevedraViva.com el día 30 de Agosto de 2024